No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza.
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical.
Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores.
Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa.
Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano.
El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
Juan Gelman
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical.
Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores.
Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa.
Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano.
El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
Juan Gelman
Un árbol de navidad gigante. Esa fue la primera impresión de su nuevo hogar. Paula llegó a Venezuela el 22 de enero de 1979, de la mano de su abuela Mimí, con apenas seis años y acompañada de sus dos hermanas menores. El avión aterrizó de noche. En el aeropuerto la esperaban su mamá y Raúl, su nuevo padre. Desde el auto, subiendo hacia Caracas, contempló con asombro las inmensas montañas, teñidas por la noche y adornadas con incontables luces de colores. Este ajeno y misterioso país la recibía con las manos abiertas y le entregaba como bienvenida un árbol de navidad. Atrás, dejaba a su querida Argentina, sus tíos, sus abuelos, sus primos, su papá y parte de su historia, esa que la obligó a irse, a alejarse para vivir junto a su mamá luego de un año de ausencia. De ausencia dentro de la casa de la muerte.
Llegaron a una vicaría en San Antonio de los Altos. El padre Alfonzo los esperaba. Aunque sus padres llegaron antes, para tratar de conseguir casa y trabajo, aún no lograban asentarse, por lo que estarían allí un tiempo, pero a ella no le importaba, volver a ser una familia, vivir sin el sosiego de la persecución, eran más importantes.
Pasaron los años y Paula se fue fundiendo en su nueva realidad. Venezuela les dio todo: casa, trabajo, escuela, amigos, alegría, un hermano y una hermana. También otras cosas extrañas: bananas fritas, arepas, playas, tambores, gente de piel oscura. Era un país raro, pero le gustaba, aunque no dejaba de extrañar. Extrañaba tonterías: la manzana, la pera, el frío, los alfajores, el dulce de leche. Extrañaba importancias: su antigua casa, sus abuelos, su papá. Soñaba con regresar, pero no podían, la casa de la muerte los mantuvo anclados ahí hasta 1985, cuando la posibilidad de volver se materializó, y toda la familia se aventuró en un viaje de reconocimiento.
Al llegar a Buenos Aires visitaron a los abuelos Cubas, los padres de Raúl. La bienvenida fue fría y áspera. Luego, viajaron a San Juan, su tierra natal. La familia de su mamá, los Quiroga, los recibieron con calidez y distancia, aunque la abuela Mimí los agasajó con todas las cosas ricas que recordaban. Recorrieron las calles, visitaron su antigua casa, visitaron a su abuelo José Herrero. El viejo recibió, a Paula y sus hermanas, con lágrimas en los ojos y pasó horas hablando de su papá José Luis y de su abuela Conce, quien murió de tristeza esperando el regreso de su hijo. En San Juan también conocieron a Vicky, su otra hermana, hija de Raúl. Ella nació cuando él estaba desaparecido en la oscuridad de la casa del terror.
En este viaje, Paula cumplió trece años, le vino el período por primera vez y, lo más perturbador, se dio cuenta que ya no se sentía argentina, pero tampoco venezolana. Recorriendo su pasado comprendió que era extranjera en sus dos hogares, y se sintió como una planta monstruosa cuyas raíces intentaban aferrarse a ambas tierras. Por otro lado, sus padres tomaron la decisión de no regresar, ya no era seguro, y menos ahora que su papá Raul tenía orden de captura. Por esta razón, su vida continuó en Venezuela: culminó sus estudios de bachillerato, comenzó la universidad y, durante 6 años, solo se dedicó a estudiar y trabajar medio día en un organismo de derechos humanos. Argentina quedó en el fondo del baúl de sus deseos, hasta que en 1995, conoció a Lole, su primer amor, y con él conoció a los otros hijos.
Doce años después de concluida la dictadura militar, Argentina despertaba ante el horror y los hijos de las víctimas se estaban reuniendo y sus historias se estaban contando. Paula, al hablar con Lole, encontró un reflejo de su imagen, se dio cuenta que no era la única, que existían más chicos con esa grieta en el pecho. Aprovechó unas vacaciones y se fue con sus hermanas. Esta vez el recibimiento fue distinto. La frialdad se convirtió en compresión y cariño. Ellas solo querían saber, saber qué pasó, y la gente no tenía miedo ni rabia de contarlo.
Las tres hermanas buscaron a los amigos de sus padres, preguntaron, conocieron a los niños de las viejas fotos, vieron en sus rostros las mismas dudas, las mismas emociones, recorrieron los lugares de sus recuerdos. Fueron a la casa de Montevideo, ahí donde las atraparon los hombres armados, ahí donde murió la señora al tomarse el veneno, ahí donde todo comenzó; y de último, visitaron la casa del terror, aunque solo desde afuera, porque aún no se podía entrar.
Cuando regresó, Paula solo quería una cosa: volver a Argentina y vivir un tiempo; pero la vida la llevó por otro camino. Conoció a alguien, se enamoró y, en menos de tres meses, se casó. A los nueve meses tuvo a Valentina y luego de dar muchas vueltas se estableció en Caracas. A los tres años se separó y se quedó sola con la niña. Por razones económicas no pudo viajar por un tiempo, pero gracias a esto se dio cuenta que en Venezuela era donde quería vivir, era donde estaba su familia, donde Valentina era feliz y eso le bastaba. Argentina quedó como lugar de vacaciones, de visitar abuelos, tíos y primos, y de mantener vivo su pasado.
Por esta razón, en el 2005, de la mano de su hija de seis años, volvió para enfrentar a su recuerdo más oscuro: la casa del terror. El edificio se convertiría pronto en un museo de la memoria, y por esta razón los antiguos habitantes del lugar tenían permiso de entrar. Al llegar a la puerta, los recibió una chica joven, historiadora y encargada del recorrido. Aún quedaban militares custodiando el lugar, pero no se acercaban. El camino hasta la casa fue agradable, el sol iluminaba el pasto y las flores despedían su mejor olor. Se detuvieron ante la fachada, era imponente, pero entraron por la puerta trasera, la misma por la que Paula había entrado 27 años atrás. El lugar estaba abandonado, no tenía muebles, las paredes se veían ajadas y sucias. La guía caminaba adelante y les explicaba a medida que avanzaban: esto es capuchita, aquí estaban las camas donde los torturaban, en este lugar comían, estos eran los baños, aquí es donde estuvo tu papá Raúl y aquí tu mamá. Madre e hija iban de la mano observaban los puntos señalados. Conocieron el sótano, el primer piso, llegaron hasta el ático. Miraban y trataban de imaginar. Ya no quedaba mucho de esos días, el lugar estaba totalmente vacío y se encontraba en penumbras, pero se podía sentir el frio de esos recuerdos. El frío del miedo, del dolor, de la desesperanza y la muerte. Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas y apretó la mano de su madre. Paula comprendió de inmediato, la alzó y la abrazó. No te preocupes Val, ya nos vamos.
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